Maternidad

Cesárea de urgencia y terapia intensiva neonatal

Estaba convencida que habría adelantado el parto, tal vez por mi panza enorme que parecía estar por explotar. Y llegué al 21 de agosto, fecha presunta de parto, tranquilamente, sin señales.

Esa noche empecé a tener las primeras contracciones, aguantables pero cada 10 minutos mas o menos, y, después de casi 24 horas así, mi obstetra decidió que llegó el momento de ir al hospital, esperando que el cambio de lugar hiciera cambiar la situación. Me hicieron el monitoreo y luego me visitaron y ahí empezó mi calvario: la visita fue tanto dolorosa que salté sobre la cama; esto porque el cuello del útero no se aplanaba, a pesar de que ya estaba dilatada de un par de centímetros. Vieron mi terror y decidieron de hospitalizarme pero el 24 me dieron el alta porqué las contracciones se pararon.

El 26 pasada la medianoche empezaron las contracciones, las verdaderas. Puse en práctica la respiración super profunda que aprendí en el curso para embarazadas y imploré mi marido de llamar inmediatamente a la obstetra. Era la hora de volver al hospital. El monitoreo decía claramente que las contracciones eran muy fuertes y frecuentes pero de la visita (muy dolorosa, me escucharon gritar en toda la división) salió que todavía el cuello del útero no se aplanó. Pánico. Por qué tenía contracciones así tan fuertes si la situación quedó la misma?

En el embarazo nunca tuve miedo al parto sino lo veía como el momento en el cual por fin habría encontrado mi nena. Sabía que habría sido doloroso pero sabía también que verlo de manera positiva me habría ayudado para canalizar mis energías en lo que estaba enfrentando y no en el miedo. Pero en ese momento me di cuenta que algo no estaba yendo como habría tenido y empecé a tener miedo. No me estaba dilatando pero las contracciones eran verdaderamente muy fuertes, tanto que me cortaban el aliento, y no estamos hablando de umbral del dolor porqué también el monitoreo indicaba un numero mas alto de lo que podía indicar gráficamente.

Muchas horas de agonía después, gracias a la insistencia de mi obstetra, decidieron de llevarme en sala de parto en vez de hospitalizarme otra vez. Estoy segura del hecho que hoy mi nena sea acá con nosotros gracias a esto. Vista la situación me hicieron la epidural en seguida y por fin tuve un poco de alivio por qué me bloqueó las contracciones. Después me rompieron el saco y ahí empezó la verdadera pesadilla: liquido coloreado, situación potencialmente peligrosa por la nena.

De repente la situación empeora: taquicardia fetal. Llaman al ginecólogo que, sin un minimo de tacto, me dice que tienen que hacerme ya una cesárea de urgencia y me hace una lista de todos los riesgos como si fuera la de las compras. En ese momento entendí de verdad lo que es pánico. Mientras Mariano intentava de ser fuerte y de calmar mi crisis, el personal del hospital me estaba preparando para la cesárea y yo firmaba hojas sobre hojas sin saber lo que habría podido pasar.

Por toda la operación temblé por el miedo, y la sensación de alguien que te pone las manos en la panza no es de ayuda para calmarse. Hasta que escuché un llanto y me bloqueé. 16:06. Una lagrima de emoción: era oficialmente mamá.

No sabía como funcionara con la cesárea, así que no le hice caso que no me la hicieron ver enseguida. Después de ser suturada me llevaron a otro cuarto y vi llegar Mariano, entre el pálido y el verde, seguido por el ginecologo de antes.

Estamos haciendo todo lo posible pero la nena necesita de curas específicas porqué está en sufrimiento respiratorio. Tiene que estar en terapia intensiva neonatal pero acá no hay lugar así que la tenemos que llevar a otro hospital.

Yo era demasiado agotada para tener una reacción, sentía las lagrimas bajarse y tenía la sensación de estar en una pesadilla sin poderme despertar. Tuve solamente la lucidez de pedir inmediatamente mi traslado, que organizaron por el día siguiente.

Después de 24 horas del parto, por fin, vi mi nena por primera vez. El sufrimiento, emotivo y físico, no lo se explicar en palabras y cada vez que lo vuelvo a pensar sigue doliéndome mucho. Verla en esa incubadora, llena de túbulos, sin poderla tocar o tenerla cerca, pudiendo hablarle desde las grietas y nada más, sin saber si podía escucharme o conocer mi voz. Cada día tenía menos túbulos y, una vez que pasó en la cunita normal, podía bañarla, cambiarla y amamantarla. Pasito a pasito, después de 21 días de TIN, logramos llevarla a casa.

La TIN (Terapia Intensiva Neonatal) es todo un mundo a parte. Aséptico pero lleno de devoción del personal que trabaja ahí. Cuando nos cruzábamos con las miradas de los otros padres no había necesidad de decir nada: miradas cansadas pero pacientes, llenos de sufrimiento, de esperanza y de amor por sus propios pequeños guerreros. Mi hija nació guerrera.

1 comentario en “Cesárea de urgencia y terapia intensiva neonatal”

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